Mientras Esteban disponÃa con esmero las lonchas translúcidas de jamón sobre una bandeja de mármol, sus manos curtidas temblaron de manera casi imperceptible. Polly, cuyos agudos sentidos aviares se habÃan afinado a través de incontables aventuras, percibió que algo no marchaba bien en la forma en que él no dejaba de echar vistazos hacia el fondo de su puesto.
—Algo te preocupa, ¿verdad? —gorjeó Polly, ladeando la cabeza esmeralda con gesto comprensivo.
Los hombros del charcutero se hundieron como si hubiera estado cargando un peso invisible. —Tienes mucha perspicacia para ser un pájaro —murmuró, dejando el cuchillo con un tintineo metálico que pareció hacer eco de su resignación—. Es mi preciada rueda de Manchego Viejo, curado durante dos años en las cuevas de La Mancha. Se esfumó esta mañana, justo antes de que abriera el mercado.
Las plumas de Polly se erizaron de intriga. En los corredores laberÃnticos de La BoquerÃa, donde los vendedores habÃan forjado comunidades entrañables a lo largo de generaciones, el robo era prácticamente inaudito. El mercado funcionaba bajo un código tácito de honor, uno que se habÃa transmitido como las recetas familiares.
—¿Has notado algo fuera de lo común? —preguntó, saltando más cerca para examinar el espacio vacÃo donde presumiblemente habÃa estado expuesto el queso.
Los ojos de Esteban se dirigieron nerviosamente hacia un puesto vecino donde las frutas exóticas se apilaban en formaciones piramidales. —Bueno, ha habido una vendedora nueva estas últimas semanas —susurró, como si las propias paredes pudieran traicionar sus sospechas—. Se hace llamar Valentina. Dice que importa frutas tropicales raras del Amazonas, pero...
Su voz se desvaneció cuando una mujer emergió de detrás de una cortina de pitahayas colgantes. Era llamativa —quizás de treinta y cinco años, con cabello negro azabache recogido en un moño elaborado asegurado por lo que parecÃan ser horquillas de jade tallado. Su pañuelo de seda, adornado con patrones geométricos que evocaban el arte precolombino, ondeaba mientras se movÃa con gracia felina entre las exhibiciones.
—¿Pero qué? —insistió Polly, aunque presintió la respuesta flotando en el aire cargado entre los puestos.
—Pero su español —continuó Esteban, con la voz apenas audible por encima de la cacofonÃa del mercado—, es perfecto, demasiado perfecto. Como si lo hubiera aprendido en libros de texto y no en la calle. Y ayer, habrÃa jurado que la vi examinando mi inventario con más interés del que uno mostrarÃa normalmente por los embutidos.
Como si presintiera su escrutinio, Valentina alzó la vista, sus ojos de obsidiana encontrándose con la mirada de Polly con una intensidad que hizo que un escalofrÃo recorriera las plumas de la cola de la cotorra. HabÃa inteligencia allÃ, sin duda, pero también algo más: una cautela que sugerÃa secretos enterrados más profundamente que las cuevas donde maduraba el Manchego.
—Buenos dÃas, Esteban —le gritó, con voz melosa pero de algún modo hueca—. Veo que tienes una visitante muy vistosa hoy.
La manera en que enfatizó 'vistosa' hizo que Polly se preguntara si era meramente una referencia a su plumaje, o si Valentina de algún modo conocÃa su reputación por desentrañar misterios. En cualquier caso, Polly habÃa tropezado con algo mucho más complejo que un simple caso de queso desaparecido.