Esteban estaba cortando lonchas finas de jamón cuando sus manos empezaron a temblar. Polly la cotorra lo observaba con sus ojos verdes brillantes. Se dio cuenta de que algo andaba mal porque él seguÃa mirando hacia el fondo de su puesto.
"Algo te está molestando, ¿verdad?" preguntó Polly, ladeando la cabeza.
Los hombros del anciano se hundieron como si cargara un peso enorme. "Eres muy lista para ser un pájaro", dijo en voz baja. Dejó su cuchillo con un ruido metálico fuerte. "Mi mejor rueda de queso manchego desapareció esta mañana. HabÃa sido curada durante dos años en cuevas especiales."
Las plumas de Polly se erizaron de emoción. En el mercado de La BoquerÃa, los vendedores eran como una familia, y robar era casi imposible. Todos seguÃan un código de honor no escrito.
"¿Has visto algo extraño?" preguntó, saltando más cerca para examinar el espacio vacÃo.
Esteban miró nerviosamente hacia el puesto de frutas junto al suyo. "Hay una vendedora nueva aquÃ", susurró. "Se llama Valentina y vende frutas exóticas del Amazonas. Pero algo no me da buena espina."
En ese momento, una mujer salió de detrás de unas pitayas colgantes. TenÃa unos treinta y cinco años con cabello negro recogido en un moño elegante. Su pañuelo de seda tenÃa patrones geométricos hermosos, y se movÃa como un felino.
"¿Qué tiene de raro?" preguntó Polly.
"Su español es demasiado perfecto", continuó Esteban en voz baja. "Como si lo hubiera aprendido en libros, no en la vida real. Ayer la vi mirando mi queso con demasiado interés."
Valentina levantó la vista y miró directamente a Polly con ojos oscuros e inteligentes. HabÃa algo misterioso en ella.
"Buenos dÃas, Esteban", gritó dulcemente. "Veo que tienes una visitante muy colorida hoy."
Polly se preguntó si Valentina conocÃa su reputación por resolver misterios. Este caso se estaba volviendo más interesante que un simple queso perdido.