El sol matutino proyectaba largas sombras a través de las bóvedas de La BoquerÃa, creando un efecto de claroscuro que habrÃa despertado la envidia del mismÃsimo Caravaggio. Polly, encaramada sobre una pirámide de naranjas sanguinas, observaba cómo Valentina se deslizaba entre sus montañas de fruta con la destreza consumada de quien habÃa pasado toda una vida navegando espacios abarrotados... o quizás esquivándolos.
—Tu manchego —dijo de repente, dirigiéndose a Esteban sin mirarlo—, ¿llevaba el sello de la Denominación de Origen?
La pregunta quedó suspendida en el aire como el aroma de una papaya pasada. La mandÃbula de Esteban se tensó imperceptiblemente. —Por supuesto. Cada rueda que he vendido jamás ha estado autenticada. ¿A qué viene la pregunta?
Los dedos de Valentina trazaron los contornos de una carambola, sus horquillas de jade captando la luz mientras ladeaba la cabeza. —Oh, mera curiosidad. He oÃdo rumores de quesos falsificados que están inundando los mercados europeos. Nunca se puede ser demasiado precavido en estos tiempos.
Las garras de Polly se aferraron con más fuerza a la naranja que tenÃa bajo sus patas. HabÃa algo en la manera en que habÃa pronunciado 'falsificados' —como si estuviera probando la palabra, saboreándola como un sumiller con un Rioja de reserva. Los instintos del loro, afilados por incontables misterios, le gritaban que estaban bailando alrededor de algo mucho más trascendental que un simple robo de queso.
—¿Rumores de quién? —intervino Polly, su voz cortando la tensión como un cuchillo atraviesa el Idiazábal curado.
Por primera vez, la compostura de Valentina se resquebrajó. Su mano se quedó inmóvil sobre la fruta, y cuando alzó la vista, habÃa algo casi desesperado en sus ojos de obsidiana. —De gente que lo ha perdido todo por culpa de las falsificaciones —dijo en voz baja—. Personas cuyos legados familiares fueron destruidos por quienes se lucrarÃan del engaño.
La cacofonÃa habitual del mercado pareció desvanecerse hasta convertirse en ruido blanco. Ni siquiera los gritos bulliciosos de los pescaderos desde la sección de mariscos lograban penetrar la burbuja de silencio que se habÃa formado a su alrededor.
Esteban dio un paso adelante, su rostro curtido convertido en un mapa de confusión y creciente suspicacia. —¿Qué haces realmente aquÃ, Valentina? Y no me vengas con esa historia de importar frutas exóticas. Llevo en este mercado más tiempo del que tú tienes de vida, y sé cuándo alguien huye de algo.
Entonces ella se rio —un sonido quebradizo que le recordó a Polly el cristal al romperse. —¿Huyendo? Puede ser. O puede que esté cazando. —Su mirada recorrió el puesto de Esteban, deteniéndose en el espacio vacÃo donde deberÃa haber estado el manchego—. Dime, Esteban, ¿qué tan bien conoces a tus proveedores? Conocerlos de verdad, quiero decir.
Antes de que pudiera responder, estalló un alboroto cerca de la entrada principal del mercado. Agentes uniformados se abrÃan paso entre la multitud, su presencia tan incongruente en este templo del comercio como un vegetariano en una convención de carniceros.
El rostro de Valentina palideció bajo su tez aceitunada. —Han llegado antes de tiempo —murmuró, más para sà misma que para su audiencia.
—¿Quién ha llegado antes? —exigió Polly, pero ella ya se estaba moviendo, sus manos trabajando frenéticamente para desmantelar algo oculto bajo su exhibición de frutas.
Lo que emergió hizo que las plumas de Polly se erizaran: un sofisticado dispositivo de análisis, del tipo que usan los inspectores alimentarios para verificar autenticidad. Pero esta no era una herramienta ordinaria de inspector —llevaba el sello de la unidad de Protección del Patrimonio Cultural de INTERPOL.
—No eres vendedora de frutas —susurró Esteban, las piezas del rompecabezas encajando con una precisión casi audible.
Los labios de Valentina se curvaron en una sonrisa melancólica. —No más de lo que tu manchego era realmente de La Mancha —replicó, justo cuando los agentes alcanzaron su sección del mercado.
La mente de Polly corrió más rápido que un taxi barcelonés navegando por el Barrio Gótico. El queso desaparecido, la vendedora misteriosa, el español perfectamente aprendido —todo apuntaba a una investigación que iba mucho más allá de un simple hurto. Y de alguna manera, ya fuera por designio o por desgracia, Esteban se habÃa encontrado en el epicentro de una conspiración internacional.