El sol matutino brillaba a través del techo alto del mercado de La Boquería. Largas sombras caían sobre los puestos de fruta. Polly, la cotorra, se posó encima de unas naranjas, observando con atención.
Valentina se movía entre sus exhibiciones de fruta con facilidad experta. Llevaba años haciendo esto. De repente, le habló a Esteban sin mirarlo.
"Tu queso manchego", dijo. "¿Tenía el sello oficial?"
La pregunta quedó suspendida en el aire como un olor pesado. El rostro de Esteban se tensó. "Por supuesto que lo tenía. Cada queso que vendo es auténtico. ¿Por qué preguntas?"
Valentina tocó una carambola con los dedos. Sus horquillas de jade captaron la luz cuando movió la cabeza. "Solo tengo curiosidad. He escuchado historias sobre quesos falsos en mercados europeos. Debemos tener cuidado en estos tiempos."
Polly se aferró más fuerte a la naranja debajo de ella. Algo sobre la manera en que Valentina dijo 'falsos' parecía importante. Los instintos de la cotorra le decían que estaban hablando de algo más grande que queso robado.
"¿Quién te contó esas historias?" preguntó Polly bruscamente.
Por primera vez, Valentina se veía preocupada. Su mano dejó de moverse, y sus ojos oscuros mostraron miedo. "Personas que lo perdieron todo por culpa de falsificaciones", dijo en voz baja. "Personas cuyas familias fueron destruidas por mentirosos."
El ruido del mercado pareció desvanecerse. Ni siquiera los ruidosos vendedores de pescado pudieron romper el silencio a su alrededor.
Esteban se acercó, su rostro viejo mostrando confusión y sospecha. "¿Qué estás haciendo realmente aquí, Valentina? Llevo treinta años en este mercado, y sé cuándo alguien está ocultando algo."
Ella se rió, pero sonó como cristal rompiéndose. "Tal vez estoy huyendo. O tal vez estoy cazando." Miró la vitrina vacía de quesos de Esteban. "¿Qué tan bien conoces realmente a tus proveedores?"
Antes de que él pudiera responder, aparecieron oficiales de policía en la entrada del mercado. Se movían entre la multitud hacia ellos.
El rostro de Valentina se puso pálido. "Llegaron temprano", susurró.
Rápidamente sacó un dispositivo de análisis oculto de debajo de sus frutas. Tenía el sello oficial de INTERPOL.
"No eres realmente una frutera", dijo Esteban, comprendiendo finalmente.
Valentina sonrió con tristeza. "Y tu manchego tampoco era realmente de La Mancha."