Las luces brillantes de la sala de interrogatorios hacían que Esteban se viera mayor y cansado. Polly estaba posada en su hombro, con las garras suaves sobre su camisa. La habitación se sentía fría y extraña, muy diferente al mercado bullicioso que conocían.
"Necesito que entiendas algo", dijo Valentina. Empujó una carpeta sobre la mesa metálica. "Lo que te pedimos es peligroso".
Las manos de Esteban temblaron mientras abría el archivo. Adentro había fotos de hombres que conocía bien - hombres con quienes había compartido vino. Polly observaba con tristeza porque habían descubierto que hasta la confianza podía ser falsa.
"Sabrán que fui yo", susurró Esteban. Su voz estaba cargada de miedo. "Cuando pida más queso manchego, olerán la trampa inmediatamente".
"No necesariamente", dijo la Inspectora Chen de INTERPOL. Acercó una silla con un chirrido fuerte. "Hemos estado vigilando sus comunicaciones. Se están volviendo descuidados y expandiéndose demasiado rápido".
Polly estudió las fotografías cuidadosamente. Una imagen hizo que se le erizaran las plumas - un hombre en traje caro parado junto a cajas con sellos de autenticación falsos.
"Ese es Miguel Torrente", explicó Valentina. "Es dueño de la empresa que fabrica certificados falsificados. Lo hemos perseguido durante dos años".
"Lo conozco", dijo Esteban de repente, poniéndose pálido. "Vino a la boda de mi hija. Nos regaló una caja de vino añejo".
La habitación se sintió más fría. Polly sintió que los músculos de Esteban se tensaron cuando comprendió. Esto no era solo negocio - era personal. Estos criminales habían entrado en su vida familiar.
"Mi hija ha estado guardando ese vino para su primer aniversario", dijo en voz baja.
La expresión de la Inspectora Chen se suavizó. "Tendremos que analizarlo. Pero Esteban, por eso necesitamos tu ayuda. Esta gente no solo roba dinero - destruye la confianza y la tradición".
De repente, las luces se apagaron. En la oscuridad, Polly oyó vidrio rompiéndose y la respiración aguda de Valentina.
"Ya saben", susurró Valentina mientras se encendían las luces de emergencia. Alguien había pintado un mensaje en el espejo: "Algunas tradiciones es mejor dejarlas enterradas".