La iluminación de emergencia proyectaba sombras rojas y siniestras por toda la sala de interrogatorios, transformando rostros familiares en máscaras grotescas. Las garras de Polly se clavaron más profundamente en el hombro de Esteban mientras el cristal crujÃa bajo los pies de alguien en la oscuridad, más allá del espejo hecho añicos.
—¡Muévanse! —ladró la Inspectora Chen, su compostura profesional resquebrajándose como hielo fino—. Han comprometido nuestra posición.
Valentina ya estaba junto a la puerta, su cuerpo tenso como el de una presa que presiente a los depredadores. —Está cerrada con llave —siseó, sacudiendo el picaporte con desesperación creciente—. Estamos atrapados.
La ironÃa no se le escapaba a Polly: habÃan pasado dÃas cazando sombras por el laberinto de La BoquerÃa, solo para encontrarse acorralados como ratas en su propia trampa. A través del espejo roto, las siluetas se movÃan en la sala de observación, deliberadas y sin prisa. Quienquiera que los hubiera encontrado no se preocupaba por la huida.
—El conducto de ventilación —dijo Esteban de repente, señalando una rejilla cerca del techo. Años navegando entre los puestos del mercado le habÃan enseñado que siempre habÃa otra ruta, otro ángulo—. Lleva a los túneles antiguos del Metro. Mi tÃo trabajó en mantenimiento allà durante la dictadura: los usaba para contrabandear panfletos polÃticos.
Como si sus palabras hubieran sido una señal, el humo comenzó a filtrarse por debajo de la puerta, acre y quÃmico. No lo suficiente para matar, se dio cuenta Polly con horror creciente, pero sà para incapacitar. Estos no eran meros criminales protegiendo sus ganancias; eran profesionales que habÃan convertido la autenticidad misma en un arma.
—Ayúdenme a subir —ordenó Valentina, quitándose los tacones con eficiencia practicada. Las horquillas de jade en su cabello destellaron mientras alcanzaba la rejilla, sus dedos trabajando en tornillos que probablemente no habÃan sido tocados desde los tiempos de Franco.
Esteban entrelazó las manos, creando un escalón improvisado. —¿Y los archivos? ¿Las pruebas?
—OlvÃdalos —dijo la Inspectora Chen, ya destruyendo su tableta con precisión metódica—. Nosotros somos las pruebas ahora. Si nos atrapan...
No necesitaba terminar la frase. Polly habÃa visto lo suficiente en sus viajes para entender que algunos secretos valÃan la pena matar por ellos, y habÃan tropezado con una conspiración que trataba la tradición misma como moneda de cambio.
La rejilla cayó con estrépito justo cuando la puerta comenzó a ceder bajo los impactos repetidos. Valentina se izó con agilidad sorprendente, luego extendió la mano hacia los otros. —¡Vamos! A menos que tengan ganas de explicarles a nuestros amigos por qué su imperio quesero se está desmoronando.
Mientras Polly volaba hacia el conducto, alcanzó a vislumbrar a través del espejo destrozado una figura que reconoció de las fotos de vigilancia: Miguel Torrente en persona, su traje caro incongruente en el caos, observando su escape con la mirada calculadora de un hombre que ya habÃa planeado tres jugadas por delante.
—Esto no ha terminado —gritó, su voz cargada de la confianza de alguien que nunca habÃa estado verdaderamente acorralado—. ¿Creen que entienden nuestra operación? Apenas han arañado la superficie. Cada mercado en Europa, cada denominación de origen: los controlamos todos.
Pero Polly ya estaba en el conducto, siguiendo a sus compañeros hacia la oscuridad mohosa que olÃa a secretos de décadas y sueños oxidados. Detrás de ellos, podÃa escuchar a sus perseguidores abriéndose paso, sus gritos resonando como los pregones de vendedores en un mercado que de repente se habÃa convertido en campo de batalla.
Se arrastraron por el espacio estrecho, Valentina liderando con la certeza de la desesperación, hasta llegar a una bifurcación donde el conducto se abrÃa a un túnel más grande. Las arterias abandonadas del Metro de Barcelona se extendÃan ante ellos, un espejo subterráneo del laberinto del mercado en la superficie.
—¿Por dónde? —jadeó la Inspectora Chen, su armadura profesional finalmente mostrando grietas.
Esteban cerró los ojos, quizás recordando las historias de su tÃo, quizás simplemente confiando en instintos afinados por generaciones de comerciantes que habÃan sobrevivido leyendo las corrientes invisibles del comercio y el peligro.
—A la izquierda —dijo con tranquila certeza—. Siempre a la izquierda en los túneles antiguos. La derecha lleva a callejones sin salida: la manera que tenÃa Franco de atrapar disidentes.
Mientras se sumergÃan más profundamente en la historia oculta de Barcelona, Polly no podÃa quitarse la sensación de que no estaban simplemente huyendo de criminales. CorrÃan contra la corrupción de todo lo que hacÃa sagrados lugares como La BoquerÃa: la confianza entre vendedor y cliente, el orgullo en la artesanÃa auténtica, el alma misma de una cultura expresada a través de su comida.
Y en algún lugar de la oscuridad detrás de ellos, podÃa escuchar a sus perseguidores acercándose cada vez más.