El aire enrarecido golpeó a Polly como un muro invisible mientras sobrevolaba el Salar de Uyuni, las legendarias salinas de Bolivia. Bajo sus alas se extendía una inmensidad cristalina y blanca, tan vasta y uniforme que parecía disolver el horizonte mismo. Durante la época de lluvias, este paisaje de otro mundo se transformaba en el espejo más grande del planeta, pero ahora, en los meses secos, no se parecía a nada tanto como a un océano congelado de sal.
"¡Cuidado, lorita!" gritó una voz desde abajo. "¡La altura aquí tumba a cualquiera que no esté acostumbrado!"
Polly descendió gradualmente, sus alas trabajando más de lo habitual en la atmósfera empobrecida de oxígeno a 3.656 metros sobre el nivel del mar. Aterrizó sobre el techo de una Toyota Land Cruiser modificada, una de las tantas que transportaban turistas a través de este paisaje lunar surrealista. El conductor, un hombre curtido por la intemperie de unos cincuenta años que llevaba una gorra de béisbol desteñida y lentes envolventes, le sonrió.
"Soy Joaquín", dijo, cambiando a un inglés con acento. "Llevo treinta años manejando por estas salinas, y nunca había visto un loro por aquí. O estás muy perdida o eres muy aventurera."
"Lo segundo, me gusta pensar", respondió Polly, recuperando el aliento. "Aunque admito que no estaba del todo preparada para cómo me afectaría la altitud."
Joaquín se rio entre dientes, un sonido como grava rodando. "Hasta los cóndores batallan aquí a veces. Pero has llegado en un momento interesante, amiga. Mañana empieza la cosecha."
"¿Cosecha?" Polly ladeó la cabeza. "¿Qué podría crecer en esta desolación?"
"No crecer—recoger", la corrigió, señalando hacia la blancura infinita. "La cosecha de sal. Mi pueblo la ha hecho por generaciones, mucho antes de que los turistas descubrieran nuestro espejo en el cielo. Pero este año..." Su expresión se ensombreció. "Este año podría ser diferente."
Antes de que Polly pudiera preguntar qué quería decir, un rugido distante captó su atención. En el horizonte, donde la sal se encontraba con el cielo, una fila de maquinaria pesada avanzaba como escarabajos metálicos.
"Los mineros de litio", dijo Joaquín en voz baja. "Dicen que hay oro blanco bajo nuestro desierto blanco. Suficiente litio para alimentar cada auto eléctrico del mundo." Se quitó la gorra y se pasó una mano por el cabello canoso. "Mi hija Elena piensa que deberíamos aceptarlo—empleos, desarrollo, progreso. Pero las viejas costumbres, las formas sustentables que practicaron nuestros ancestros..."
Se quedó callado, perdido en sus pensamientos. Polly percibió el peso de su dilema, la tensión entre tradición y modernidad que parecía permear cada rincón del globo que visitaba. Aquí, en este lugar donde la tierra llevaba sus huesos por fuera, ese conflicto se sentía especialmente crudo.
"¿Me mostrarías?" preguntó suavemente. "La cosecha, digo. Me gustaría entender."
El rostro curtido de Joaquín se iluminó con una sonrisa. "Sí, por supuesto. Pero primero, tendrás que aclimatarte. Y quizás", añadió con una mirada cómplice, "puedas ayudarme a convencer a Elena de que algunas cosas valen más que todo el litio del mundo."
Como si hubiera sido una señal, su teléfono vibró. Lo miró y suspiró. "Hablando de Elena—está en la planta procesadora, discutiendo otra vez con la cooperativa. Esa muchacha heredó el fuego de su madre, para bien o para mal."
Polly erizó las plumas contra el frío de la altura, ya presintiendo que la aventura de esta semana sería diferente a cualquier otra. En este lugar donde el pasado y el futuro del planeta colisionaban sobre un lecho marino ancestral, tendría que navegar no solo el paisaje físico, sino el terreno mucho más traicionero de las esperanzas y temores humanos.