A los veinte kilómetros del maratón, los corredores estaban dispersos por la ruta costera de Tromsø. Polly volaba sobre el sendero serpenteante, manteniéndose cerca de Astrid mientras observaba a Mikkel, que corría cincuenta metros adelante. El sol de medianoche hacía que todo se viera dorado.
—¿Cómo va tu respiración? —le gritó Polly a Astrid desde arriba.
—Mejor de lo que esperaba —respondió—. Pero esta luz eterna me confunde. No sé si hemos estado corriendo minutos u horas.
De repente, Polly vio algo extraño. Una mujer con camiseta morada se salió del recorrido marcado y desapareció detrás de unos abedules. El movimiento parecía demasiado deliberado, demasiado secreto.
—¿Viste eso? —preguntó Polly.
—¿Ver qué?
—Camiseta morada, adelante de nosotras. Acaba de salirse del recorrido.
Entonces otro corredor hizo lo mismo. Un hombre de amarillo se metió entre los árboles. Luego otro corredor. Y otro más.
—Son cinco corredores en un minuto —dijo Polly, preocupada—. Todos van hacia el mismo lugar.
Mikkel también se había dado cuenta. Redujo la velocidad para que Astrid lo alcanzara. —Algo anda mal —dijo—. Conozco esta ruta. Allá atrás no hay nada excepto bosque y un viejo búnker de la Wehrmacht de la guerra.
—¿Un búnker? —preguntó Astrid, sorprendida.
—Está abandonado. A veces los niños del pueblo lo exploran, pero... —Dejó de hablar cuando dos corredores más se metieron entre los árboles.
Los instintos de Polly le decían que esto no era normal. —Voy a investigar —anunció, volando hacia los árboles.
En el bosque, la luz era diferente. Más oscura. Siguió las huellas en el musgo hasta encontrar el búnker de concreto, medio cubierto por plantas.
Lo que vio hizo que se le erizaran las plumas de miedo.
Doce corredores estaban parados en semicírculo, mirando fijamente la entrada del búnker. Sus rostros estaban en blanco. Se balanceaban ligeramente, como si escucharan música que solo ellos podían oír. La mujer de morado estaba entre ellos.
—¿Hola? —gritó Polly—. ¿Están bien?
Ninguno respondió. Ninguno siquiera la miró.
Polly voló de regreso rápidamente y encontró a Astrid y Mikkel con un oficial de la carrera.
—Siete corredores han desaparecido —estaba diciendo el oficial.
—No han desaparecido —dijo Polly, aterrizando en el hombro de Astrid—. Están en el búnker viejo. Pero algo está muy mal. Solo se quedan parados como si estuvieran en trance.
El oficial palideció. Agarró su radio y empezó a hablar rápidamente en noruego.
Otro corredor de repente se salió del recorrido, dirigiéndose hacia los árboles. Mikkel corrió tras él.
—¡Mikkel, no! —gritó Astrid, pero ya se había ido.
Astrid se veía dividida entre quedarse y seguirlo.
—Ve —dijo Polly—. Yo me aseguraré de que llegue ayuda.
Astrid asintió y corrió hacia el bosque. Polly la vio desaparecer en el extraño crepúsculo. El sol de medianoche de repente se sintió menos maravilloso y más aterrador, como un ojo observando algo que no se podía explicar.