Tomás miró su teléfono y sintió que se le revolvía el estómago. Eran las doce y diez de la madrugada, y las puertas de la estación se estaban cerrando. En Tokio, los trenes no circulan toda la noche. El último tren de la mayoría de las líneas sale alrededor de la medianoche, y todos en la ciudad saben la hora exacta del suyo. Tomás, que llevaba cuatro días en el país, no la sabía.
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Un taxi que cruzara la ciudad le costaría más que su habitación de hotel. Un empleado de la estación vio su cara de preocupación y le señaló calle abajo. Allí, entre una tienda de conveniencia y una casa de fideos, brillaba el letrero de un hotel cápsula. Tomás pagó en una máquina expendedora, tomó la llave de un casillero, y durmió en una cápsula limpia de plástico del tamaño de una cama individual, en un cuarto silencioso lleno de otras personas que también habían perdido sus trenes.
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Por la mañana compró café de una máquina expendedora y tomó el primer tren a casa, fresco y un poco orgulloso. Ahora revisa una cosa antes de cualquier salida nocturna en Japón: no el menú, no el mapa, sino la hora del último tren.