Mia entró en el pequeño restaurante un poco antes de las nueve. El comedor estaba casi vacío. Un camarero con delantal blanco y ojos cansados le señaló una mesa en la esquina.
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—¿Solo una? —preguntó. Mia asintió. Siempre viajaba sola, y siempre se ponía un poco nerviosa al pedir en otro idioma. La carta era una sola hoja de papel, escrita a mano.
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Señaló una palabra que no entendía. El camarero sonrió por primera vez. —Es el plato del día —dijo en inglés despacio—. La receta de mi abuela. Pruébelo. Si no le gusta, le traigo otra cosa.
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Read it. Then say it.
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La comida llegó en un cuenco pesado de barro. Caliente, con mucho ajo, lleno de trocitos de pan. Mia tomó una primera cucharada con cuidado y levantó la vista. El camarero la observaba desde la barra con los brazos cruzados.
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Le levantó el pulgar. Él se rió, se acercó y le rellenó el vaso. —Bien —dijo—. Mañana vuelves y te digo qué lleva.