Carla se había cortado la mano fregando los platos. No era profundo, pero seguía sangrando, así que fue al ambulatorio. La recepcionista le pidió la tarjeta sanitaria y le dio un número. Cuarenta y siete.
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La pantalla encima de la puerta decía «Atendiendo a: 31». La sala de espera estaba llena. Un hombre llevaba diez minutos leyendo la misma página de una revista. Un padre joven sostenía a un bebé dormido. Un adolescente miraba fijamente su teléfono.
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Carla se sentó y observó cómo cambiaban los números. 32. 33. 36. Los números no avanzaban en orden. Se preguntó si se habrían olvidado de ella.
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Read it. Then say it.
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Después de una hora, la pantalla por fin mostró el 47. Cruzó la puerta hacia la pequeña consulta. El médico le miró la mano durante dos minutos. —No es nada —dijo—. Límpiela dos veces al día. Sin puntos.
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Cuando salió, la sala de espera estaba casi vacía. El adolescente se había ido. El bebé estaba despierto. El hombre por fin había pasado de página.